Nací y crecí a la orilla de una montaña, que estaba a la orilla de un pueblo, que estaba a la orilla, por igual, del caos y la luz. Aquel pueblo, de raíz barroca, torció mi lengua; la montaña retacó de fantasías mi imaginación, la orilla determinaría mi sino. Con la lengua torcida y la imaginación fantasiosa, dejé aquellas primeras orillas para hacerme escritor en la gran ciudad, a la que llegué a vivir a las periferias. Pero mi lengua torcida, mi imaginación de fantasmagorías cimarronas no era bien entendidas en la ciudad, ni entre mis compañeros escritores, ni entre la crítica, ni entre las editoriales, sobre todo las de la “gran industria”. Algo tenía mi escritura que la hacía interesante, pero también algo que la haría incomprensible y oscura para la mayoría de los lectores. Según me dijeron. Dudé entonces de ser escritor. Me era difícil, además, incluirme en la “comunidad literaria”. No sabía cómo comportarme. Se me notaba luego luego lo rústico. Abría la boca cuando no debía, no tributaba a las deidades correctas, criticaba lo que no correspondía, despreciaba los senderos comunes, las amistades convenientes y ni siquiera sabía cómo pedir un favor o un trabajo. No caía (y no caigo) bien. El resultado fue que de apoco fui ignorado. Casi nadie (salvo algunos buenos amigos y maestros) me invitaba a publicar, formar parte de proyectos importantes, a presentar un libro, ser jurado en algún concurso, formar parte de aquellas profusas listas de jóvenes promesas, en fin. Pero sobre todo, sentí que mi escritura no funcionaba. Me retraje a las orillas, comencé a ejercer oficios que (aparentemente) nada tenían que ver con la literatura. Sin embargo, comencé a escribir mucho más que antes y mis visiones y mi imaginación y mi lengua torcida se abrió de nuevo en las orillas. Y sucedió el milagro: comencé a ser leído por quienes menos pensaba. La gente que habitaba esas orillas. Siguieron sin invitarme a la gran comunidad literaria, pero entonces decidí inventarme yo mis proyectos, mis concursos, mis publicaciones, mis trabajos. Aunque guardaba la esperanza de que, cuando fuera más visible gracias a alguna beca o algún premio, entonces las miradas que yo buscaba se fijarían en mí. Llegaron las becas, llegaron los premios, siguió la invisibilidad. Aparente. Un día, cuando caminaba yo por los barrios periféricos del centro histórico de la gran ciudad, allá en Tepito Cuecopan, una anciana se me acercó en la calle y me dijo: usted es el escritor tal y yo he leído su cuento aquel cuyos significados son tales. Contundentemente, había desentrañado ella, una lectora impensable, casi fantástica, los significados de la lengua torcida, de la imaginación abigarrada. Ya no era yo indescifrable, ni invisible. Mis lectores habían aparecido. Sólo debía dejarme de resistir al cauce natural de mi vida desde mi nacimiento y geografía de origen. Aunque aún la incertidumbre me devora, ya no temo a los abismos que circundan lo que nos parece luminoso. En las tenebras de la periferia a veces hay mayor claridad. Y desde que me he abandonado a las orillas, mi escritura, mis proyectos, han recalado cada vez más en la línea que circunda, dibuja y da sentido a la esfera. Así que, tarde o temprano, tenía yo que llegar a esta otra cosa torcida, casi logia (de proscritos), abigarrada, luminosa, tenebrosa, fantástica y no pocas veces indescifrable, cuyo padre, madre e hijos, han llamado Ediciones Periféricas.        

 

*Juan De Dios Maya Avila nació en Tepotzotlán, Estado de México, en 1980. Escritor y promotor cultural. Ganó el Concurso Internacional de Cuento, Mito y Leyenda “Andrés Henestrosa” 2012 y el Concurso Latinoamericano de Cuento “Edmundo Valadés” 2019. Es autor de los libros de cuentos La venganza de los aztecas [mitos y profecías] (2012), Soboma y Gonorra (2018), El Jorobado de Tepotzotlán (2020) y la novela La serpiente y el manzano (2021). Parte de su obra ha sido traducida al inglés, esloveno y otomí. En 2013 fundó el Concurso Estatal Pensador Mexicano de Literatura para Niños y Jóvenes (antes Concurso Estatal de Cuento y Poesía para Niños y Jóvenes San Miguel Cañadas). Es coordinador de la Colección ÉRASE de Ediciones Periféricas.

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