Dicen que una mentira repetida diez veces se vuelve verdad. Eso pudo haberme sucedido antes de publicar mi primer libro. En aquel entonces amigos y conocidos ya me etiquetaban como un escritor. Es lindo que pase eso: me ha subido el ego y me ha dado una posición en la vida. Claro está que nada valiosa, ¿a quién le interesan los escritores más que a uno mismo? Hubo algunos “grandes” del boom latinoamericano a quienes escuché en internet decir que no se reconocían como uno. ¿Por qué yo debería hacerlo entonces? 

Puesta ahí la pelota en el área grande dispuesta a ser rematada a gol, existe otra manera de nombrarme: autor. Tal vez de forma más acertada, humilde y recatada, o simplemente sea un sinónimo. No importa. En ello estoy convertido ahora. Le agregamos un adjetivo al sustantivo: periférico. Destaco en ello que además de vivir en las periferias de la CDMX, no tengo alguna formación académica en torno a la literatura, lo cual me juega a favor y en contra en determinadas situaciones. 

Cuando el gusano de la escritura me picó empecé a leer indiscriminadamente autores de cualquier parte del país sin fijarme en su lugar de procedencia. Poco más tarde me di cuenta que los destacados por el medio eran originarios de la Ciudad de México, o por lo menos eso decía en sus semblanzas. Pensé, tal vez de manera inocente o inconsciente,  que debía poner lo mismo en la mía al momento de enviar textos a revistas y así elevar las posibilidades de ser publicado, con la idea de que si me preguntaban yo les enseñaría mi acta de nacimiento que confirmaría lo dicho, mas nunca un recibo de luz o teléfono. 

El pudor se me fue acumulando, me daba pena decir que era mexiquense. Recuerdo en la universidad que cuando mis nuevos compañeros me preguntaban de dónde venía, mi respuesta era explicarles que aunque aún era Nezahualcóyotl, vivía a las orillas de la Ciudad de México. Cuando mi primera novela se iba a publicar bajo el sello de Ediciones Periféricas, me quedó claro que no podía negar más mi origen por evidentes razones, pues la esencia de la editorial es promover y difundir el trabajo de autores, de cierta manera, apartados de ciertos círculos literarios centralizados.

De cierta forma mi apuesta es hacer lectores con base en mi literatura, más allá de premios y becas, pues tal vez un par de las razones por las cuales se me dificultaría recibir algún reconocimiento de ese tipo es lo dicho anteriormente: la centralización de la cultura en México. Por ello, a partir de tener el apoyo de un sello como Ediciones Periféricas, ha existido una revaloración y aceptación de mí mismo en lo personal, así como una identificación con mi propio contexto social, político y cultural, pero también en lo artístico al levantar la mano para gritar que también en las periferias tenemos algo qué decir y qué contar, que podemos aportar algo esencial a la cultura de todo el país, aunque tengamos que “brincar más alto, correr más rápido, ser más fuerte que todos, estudiar más, leer más, saber más, cuestionarnos más, darle la vuelta a las cosas diez mil veces más que los demás para poder llegar”. 

La edición periférica es una oportunidad para los autores emergentes, una celebración de distintos ecos de escritoras y escritores que nunca podrán ser silenciados.

  

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